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La Estrategia del Caos – Por qué EE.UU. puede «perder» en Irán pero aún así ganar la guerra contra China (Parte 1)


INTRODUCCIÓN

Llevamos días viendo las explosiones en Irán. Los misiles cruzando el espacio aéreo de Irak y Siria. Los incendios en los puertos de Dubái. Los petroleros inertes frente a la costa, convertidos en estatuas de acero por el miedo a las minas y los misiles en el estrecho de Ormuz.

La narrativa oficial es simple: Estados Unidos e Israel están defendiéndose de un régimen terrorista que quiere la bomba nuclear. No hablan de Pekín.

Fuente: Qwen-IA

Durante décadas, los estrategas del Pentágono han soñado con una manera de detener a China sin tener que luchar contra su ejército. Sin tener que hundir sus portaaviones, porque no pueden. Sin tener que invadir su territorio, porque es imposible. La solución, la encontraron en los mapas petroleros.

Si China es la fábrica del mundo, el petróleo es la sangre que la mantiene viva. Y el 80% de ese petróleo llega por mar, a través de unos pocos estrechos que la Armada estadounidense puede vigilar como un gato vigila la puerta de una ratonera.

El plan no es nuevo. Se llamó «Offshore Control» o «bloqueo distante». Se estudió en informes como el de Gabriel Collins en 2018, que ustedes van a conocer. Pero durante años fue solo una teoría, un ejercicio académico. Hasta ahora.

Lo que estamos viendo en el Golfo Pérsico no es solo una guerra entre Israel y EE.UU. contra Irán, es la ejecución de ese plan. Israel es el martillo, pero el clavo que quieren hundir está a miles de kilómetros, en el corazón de Asia. El objetivo es incendiar la región para que el petróleo deje de fluir, para que los barcos no puedan salir, los precios se disparen y la máquina china empiece a toser. Y mientras Irán devuelve los golpes, mientras los hutíes disparan drones y Hezbolá lanza cohetes, Washington a la distancia intenta fallidamente proteger a sus bases y a Israel, dejando solos a sus aliados regionales.


La Paradoja del Imperio – Perder para Ganar

Cuando uno mira los partes de guerra de los últimos diez días, la conclusión para un observador superficial es clara: Estados Unidos está perdiendo.

Sus bases en el Golfo y Irak son atacadas cada noche. Sus destructores tienen que operar a 800 kilómetros de la costa iraní, lejos del alcance de los misiles hipersónicos Fattah-2. Sus sistemas antimisiles más avanzados, los THAAD y los Patriot, están disparando sus reservas a un ritmo insostenible. Los analistas militares calculan que, al ritmo actual, los interceptores de la región se agotarán en dos o tres semanas. Después de eso, el escudo desaparece.

A pesar de la inesperada resistencia militar tan efectiva de Irán y del error de cálculo de Washington, la cuestión no es si un bando ganará la guerra, sino si Estados Unidos puede lograr sus objetivos estratégicos contra su principal rival, China. La victoria que busca EE.UU. es mucho más silenciosa y mucho más cruel. Es la victoria del ahogamiento lento del gigante asiático.

El plan es diabólicamente simple: Irán es el guardián del Estrecho de Ormuz. Si atizas el fuego lo suficiente, si matas a sus líderes, si bombardeas sus ciudades, Irán reaccionará cerrando el grifo. No necesita un bloqueo naval formal. Le basta con disparar unos cuantos misiles a unos petroleros para que las aseguradoras se retiren, los armadores paralicen sus flotas y el tráfico se detenga por miedo.

Y eso es exactamente lo que ha pasado. La aseguradora escandinava Skuld ha anulado la cobertura para los barcos que crucen el Golfo. Las navieras más grandes del mundo, Maersk, CMA CGM, han suspendido sus travesías. Más de 150 petroleros están fondeados, esperando, mientras sus dueños se preguntan si volverán a ver su dinero.

El resultado: el 20% del petróleo del mundo y un tercio del gas licuado están atrapados. El precio del crudo Brent ha saltado por encima de los 110 dólares y después bajado por encima de 90 dólares. Los analistas de ING ya hablan de los 100 o 140 dólares si la crisis se prolonga.

Y en ese punto, la estrategia empieza a funcionar. Porque el petróleo que no llega a China no es solo el de Irán. Es también el de Arabia Saudita, el de Kuwait, el de Catar. Toda la producción del Golfo, la que alimenta a las economías más dinámicas de Asia, queda secuestrada tras un muro de fuego.

Israel, el parachoques humano

Y aquí entra en juego el papel de Israel. Netanyahu llevaba años intentando arrastrar a Estados Unidos a esta guerra. Necesitaba eliminar la amenaza iraní para sobrevivir políticamente. Lo que no calculó es que Washington lo usaría como escudo. Israel es el parachoques, que absorbe la furia de la Resistencia mientras Washington ejecuta su plan geopolítico a miles de kilómetros de distancia.

Es una jugada maestra de cinismo. Porque el verdadero enemigo no está en Teherán. El verdadero enemigo está en Pekín, y no va a recibir ni un solo misil. Solo va a recibir facturas. Facturas cada vez más altas por un producto que cada vez llega más tarde y en menor cantidad.

El Plan que Viene de Lejos – Cómo Washington Lleva Años Preparando el Ahogo de China

La estrategia que estamos viendo desplegarse en el Golfo Pérsico no es una ocurrencia de última hora. No nació con la victoria de Trump, ni con el ataque de Hamás del 7 de octubre. Lleva décadas madurando en los think tanks, en los centros de mando del Pentágono y en los informes confidenciales que rara vez llegan al público.

Para entender lo que está pasando hoy, hay que viajar al año 2011. En plena primavera árabe, mientras las calles de El Cairo y Damasco ardían bajo la llama de protestas financiadas y organizadas por ONGs occidentales, un analista publicaba un artículo titulado «2011: El Año del Engaño». En él se advertía que todo aquel polvorín no era una rebelión espontánea, sino un guion escrito en Washington y ejecutado por sus aliados regionales. El objetivo: desestabilizar, fragmentar y recolonizar el mundo árabe para aislar a Irán y, más tarde, a Rusia y China.

Ese análisis, que entonces parecía exagerado a algunos, hoy se lee como una profecía. Porque el caos de 2011 allanó el camino para la destrucción de Libia, el descuartizamiento de Siria y el debilitamiento de Irak. Todo ello con un fin último: preparar el tablero para la jugada que ahora estamos viendo.

Pero el plan no se detuvo en Oriente Medio. Había que pensar en el rival de verdad, en el que crecía demasiado rápido y demasiado lejos: China. Y para eso, los estrategas navales tenían una obsesión: el petróleo.

El Documento que lo Confiesa

En 2018, el analista Gabriel Collins, del U.S. Naval War College, publicó un estudio titulado «Un Bloqueo Petrolero Marítimo contra China». Es uno de esos documentos que, leídos hoy, hielan la sangre. Porque no especula sobre si sería posible cerrar el grifo energético de China. Explica, con pelos y señales, cómo hacerlo.

Imagen: El «Collar de Perlas»: El sustento petrolero de China se verá truncado por la desestabilización y los cambios de régimen que se están produciendo en África y Oriente Medio. A lo largo del «Collar», Estados Unidos ha estado desestabilizando países desde Pakistán hasta Myanmar, desde Malasia hasta Tailandia, para interrumpir y contener el surgimiento de China como potencia regional. Fuente

Collins parte de una realidad incómoda: China importa más del 70% de su petróleo por mar. La mayor parte de ese crudo atraviesa dos puntos críticos: el Estrecho de Malaca, entre Malasia e Indonesia, y el Estrecho de Lombok, un poco más al sur. Son los cuellos de botella de la economía china. Y están a miles de kilómetros de la costa china, fuera del alcance de su armada.

La propuesta de Collins es lo que él llama un «bloqueo distante». No se trata de poner barcos de guerra frente a Shanghái, lo que sería una declaración de guerra directa. Se trata de interceptar los petroleros en el origen, en los estrechos del Sudeste Asiático, antes de que lleguen a su destino. Para ello, EE.UU. necesitaría controlar un puñado de pasos marítimos y establecer un sistema de «navicerts», permisos de navegación que solo los barcos aliados podrían obtener. Los que se negaran a cumplir, serían detenidos o hundidos.

El informe de Collins es técnico, frío y meticuloso. Pero también contiene una advertencia que sus promotores parecen haber olvidado:

«Por sí solos, los bloqueos no son un sustituto de la guerra, ni una estrategia completa. Los bloqueos efectivos suelen tardar años en alcanzar sus objetivos, y solo tienen éxito cuando forman parte de una acción militar integral que suele incluir una invasión o bombardeos masivos.»

Es decir, el propio autor del plan advierte que esto no es una solución rápida ni limpia. Es una apuesta a largo plazo, con consecuencias impredecibles.

La Puesta en Escena: Venezuela e Irán, las Dos Tenazas

Si el documento de Collins era la teoría, los acontecimientos de los últimos meses son la práctica. La estrategia se está ejecutando en dos frentes simultáneos.

El primero fue Venezuela. A principios de año, EE.UU. dio un golpe de mano en Caracas. Secuestró a Nicolás Maduro y lo envió a una cárcel en Nueva York. El gobierno venezolano, descabezado y sometido, no tuvo más remedio que aceptar las condiciones de Washington. El resultado: el petróleo venezolano, que durante años había fluido hacia China como pago de deudas y como suministro estratégico, cambió de rumbo. Ahora se envía a Estados Unidos. La tenaza se cerraba.

El segundo frente es Irán. Y aquí estamos. La guerra actual no es solo un castigo a Teherán por su apoyo a Hamás o a Hezbolá. Es la ejecución de la segunda tenaza. Al atacar Irán, al matar a su líder supremo, al bombardear sus refinerías y sus puertos, EE.UU. ha forzado el cierre del Estrecho de Ormuz. No porque Irán lo haya bloqueado formalmente, sino porque el miedo y los misiles han paralizado el tráfico.

Las consecuencias son inmediatas y devastadoras. Más de 150 petroleros están fondeados, inmóviles, frente a las costas de Emiratos y Arabia Saudí. Las aseguradoras se niegan a cubrir los riesgos. Las navieras suspenden sus rutas. Y el petróleo, el sangre del mundo industrializado, deja de fluir.

El golpe para China es doble. Por un lado, pierde el petróleo iraní, que compraba con descuento y que alimentaba su industria. Por otro, pierde el acceso al petróleo saudí, al kuwaití, al qatarí, porque todos ellos dependen de la misma arteria. La refinería de Ras Tanura, la más grande del mundo, ha tenido que cerrar. Las terminales de gas de Catar han interrumpido su producción. El grifo se ha cerrado.

La Respuesta de China: No es un Blanco Fácil

Pero aquí viene la parte que los planificadores de Washington quizás han subestimado. China no es Irak. No es Libia. No es un país dependiente de un único recurso o de una única ruta. Lleva años preparándose exactamente para esto.

El propio Collins lo reconoce en su informe. China tiene reservas estratégicas de petróleo que, en 2018, ya superaban los 600 millones de barriles, suficientes para unos cien días de importaciones. Desde entonces, esas reservas han seguido creciendo. Además, China ha diversificado sus fuentes de suministro por tierra. Los oleoductos desde Rusia y Kazajistán pueden bombear cerca de un millón de barriles diarios. No es suficiente para reemplazar todo el petróleo que llega por mar, pero sí para estirar las reservas y ganar tiempo.

Y hay más. China está transformando su matriz energética a una velocidad que Occidente no termina de comprender. La flota de vehículos eléctricos es ya la más grande del mundo. La generación de electricidad con renovables crece a un ritmo que duplica al de cualquier otro país. El carbón, el recurso local más abundante, puede convertirse en combustibles líquidos mediante procesos de licuefacción. No es limpio, no es barato, pero en una guerra de supervivencia, todo vale.

El plan de bloqueo tiene una debilidad estructural, y Collins la señala sin ambages:

«Los efectos de eliminar repentinamente más de cinco millones de barriles diarios de demanda del mercado mundial de petróleo […] probablemente hundirían los precios de las materias primas y causarían graves trastornos económicos a los exportadores de materias primas en Oriente Medio y otras regiones. Un daño económico de suficiente magnitud podría traducirse rápidamente en agitación social y política en una región ya de por sí volátil.»

Dicho de otro modo: al estrangular a China, EE.UU. estrangula también a sus propios aliados en el Golfo. Y esos aliados, los jeques y príncipes que han vivido del petrodólar durante décadas, son los que sostienen el sistema financiero occidental con sus inversiones. Si sus economías colapsan, si sus poblaciones se rebelan, todo el castillo de naipes se derrumba.

El Aviso de 2011: Todo Está Conectado

Volvamos al principio. El artículo de 2011, «El Año del Engaño», no hablaba de petróleo. Hablaba de cómo las revoluciones de colores y las primaveras árabes eran ensayos generales para algo más grande. Mostraba cómo los mismos métodos, las mismas ONGs, los mismos financiadores, estaban operando en Ucrania, en Tailandia, en Egipto y en Siria. El objetivo era desgastar, fragmentar, crear el caos necesario para que las potencias emergentes no pudieran consolidarse.

Hoy, catorce años después, el guion se completa. El caos en Ucrania ha servido para desgastar a Rusia. El caos en Siria ha servido para desgastar a Irán. Y ahora, el caos en el Golfo Pérsico está diseñado para desgastar a China.

Pero hay una diferencia crucial entre 2011 y 2026. En 2011, el mundo unipolar aún parecia sólido. Hoy, el mundo es multipolar. Algunas potencias emergentes han aprendido la lección. Han creado sus propias alianzas, sus propias rutas de suministro, sus propias reservas. Han visto el guion y se han preparado para él.

La pregunta que flota en el aire es: ¿quién resistirá más? ¿Un imperio que depende del petróleo para mantener a sus vasallos, o un bloque emergente que ha pasado dos décadas construyendo alternativas?


Tierra Quemada – La Doctrina Rumsfeld-Cebrowski y la Destrucción Sistemática de Naciones

Para entender lo que está pasando hoy en Irán, hay que entender una doctrina militar que lleva dos décadas aplicándose en silencio. No sale en los titulares. No la mencionan los voceros del Departamento de Estado. Pero es el manual de operaciones del Pentágono desde los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Se llama doctrina Rumsfeld-Cebrowski.

Su creador, el almirante Arthur Cebrowski, fue puesto por Donald Rumsfeld al frente de la Oficina para la Transformación de la Fuerza del Pentágono, creada inmediatamente después del 11-S. Su misión: repensar la guerra para el siglo XXI. Y lo que concibió fue aterrador.

Cebrowski dividía el mundo en dos categorías. Por un lado, las economías «globalizadas» – incluyendo a China y Rusia – que debían integrarse como mercados estables. Por el otro, el resto: los países que aún conservaban su soberanía, sus recursos, su capacidad de decir «no». Esos, decía Cebrowski, debían ser destruidos. No sus gobiernos, no sus líderes. Sus Estados. Sus instituciones. Su tejido social. Su identidad.

El objetivo no era cambiar un régimen por otro. Era crear un vacío. Un caos permanente. Un «país fallido» donde las potencias globalizadas pudieran explotar los recursos naturales sin encontrar resistencia política. Donde no hubiera un gobierno que defendiera a su pueblo, ni ejército que protegiera sus fronteras, ni identidad nacional que uniera a sus ciudadanos.

El Laboratorio del Caos

La primera región elegida para aplicar esta doctrina fue el llamado «Medio Oriente Ampliado», una franja que va desde Marruecos hasta Pakistán. El famoso mapa del coronel Ralph Peters, publicado en 2006 pero elaborado años antes por el Estado Mayor Conjunto, mostraba cómo rediseñar aquellas fronteras heredadas de la colonización franco-británica. No importaba si los países eran aliados de Washington o enemigos. Todos eran igualmente prescindibles.

Fuente: Mapa creado por Ralph Peters puclicado en Armed Forces Journal, via wikimedia

Lo que siguió fue una carnicería.

Irak: invadido en 2003 con la excusa de unas armas de destrucción masiva que nunca existieron. Su infraestructura petrolera fue saqueada. Su patrimonio arqueológico, cuna de la civilización, destruido por bombas y por saqueadores. Millón y medio de muertos. Millones de desplazados. El país, partido en tres.

Libia: en 2011, la OTAN intervino para «proteger civiles». El resultado fue la destrucción del Estado libio, el asesinato de Gadafi arrastrado por las calles, y la conversión del país en un mercado de esclavos y un centro de tráfico de armas hacia el Sahel. Hoy, Libia sigue sin gobierno, dividida entre milicias rivales.

Siria: a partir de 2011, la «primavera» se convirtió en guerra civil gracias al financiamiento y armamento de grupos yihadistas por parte de potencias occidentales y sus aliados del Golfo. Ciudades enteras fueron reducidas a escombros. Palmira, patrimonio de la humanidad, fue dinamitada por el ISIS – un grupo que, según documentos desclasificados, se financiaba vendiendo petróleo a través de Turquía, socio de la OTAN. El objetivo era el mismo: destruir el Estado sirio para que no pudiera resistir.

Foto: Templo de Bel en Palmira, Siria – destruido por los mercenarios anglo-sionistas de ISIS, Fuente

Gaza: desde 2006, un asedio continuo que ha convertido la franja en el mayor campo de concentración al aire libre del mundo. Hospitales bombardeados, escuelas destruidas, agua potable contaminada. Más de 40.000 muertos, la mayoría mujeres y niños. Y ahora, en 2026, la misma lógica se aplica a Irán.

Crímenes Ambientales: El Genocidio Silencioso

Hay otra dimensión de esta guerra que no aparece en los titulares, pero que mata con la misma certeza que las bombas. Es la guerra química y radiológica, el envenenamiento deliberado de la tierra, el agua y el aire para que las futuras generaciones paguen un precio que los políticos nunca mencionan.

En 1999, durante la guerra de Kosovo, la OTAN bombardeó la refinería y la planta petroquímica de Pancevo, en Serbia. Los misiles no solo destruyeron instalaciones industriales. Liberaron toneladas de sustancias químicas mortales. El cloruro de vinilo, un carcinógeno probado, alcanzó niveles 10.600 veces superiores a los límites de seguridad. El mercurio, los bifenilos policlorados (PCB) y el amoníaco se filtraron al suelo y al Danubio. Los médicos locales recomendaron a las mujeres embarazadas que abortaran. Tres años después, la ONU seguía pidiendo fondos para una limpieza que nunca llegó. El mensaje era claro: la salud de los serbios no importaba.

Luego vino el uranio empobrecido. En Irak, en los Balcanes, en Afganistán, la maquinaria de guerra occidental sembró el suelo con polvo radiactivo. Los estudios científicos han documentado el aumento de leucemias, linfomas y malformaciones congénitas en las poblaciones expuestas. En Fallujah y Basora, niños nacen con deformidades que claman al cielo. Un estudio de la Universidad de Braun (EE. UU.) encontró uranio en los huesos del 29% de la población de Fallujah, y la tasa de cáncer infantil es 12 veces superior a la normal, superando incluso los niveles de contaminación radiactiva registrados tras el bombardeo de Hiroshima. Los gobiernos lo saben, pero callan. Solo cuando los soldados occidentales empezaron a morir de cáncer, los tribunales italianos comenzaron a reconocer el vínculo y a conceder indemnizaciones a veteranos que sirvieron en Kosovo y Somalia. Más de 400 soldados italianos han muerto por la «Síndrome de los Balcanes». Pero, ¿y los iraquíes? ¿Y los serbios? ¿Y los afganos? Ellos no tienen abogados en Roma ni tribunales que los indemnicen. Sus muertes son invisibles, sus cánceres, «daños colaterales».

Ahora, en Teherán, la historia se repite. El bombardeo de la refinería no es un simple ataque a la infraestructura energética. Es un ataque químico deliberado contra una población civil de 9 millones de personas. Las nubes tóxicas que cubren la ciudad no distinguen entre soldados y niños. Se inhalan, se acumulan en los pulmones, envenenan el agua, contaminan los cultivos. Es la misma lógica de Pancevo, la misma lógica de Irak: destruir no solo el presente, sino también el futuro. Es un genocidio lento, metódico, planificado. Una ejecución a plazos que no deja cadáveres en las calles, pero llena los hospitales de enfermos terminales y las cunas de niños deformes. Y mientras la «comunidad internacional» finge preocupación, los aviones siguen bombardeando fábricas, refinerías y plantas químicas, sembrando la muerte silenciosa que cosecharemos durante décadas.

Irán: El Último Obstáculo

Irán es el eslabón que falta. El único país de la región que ha resistido décadas de sanciones, invasiones encubiertas y guerra abierta sin perder su cohesión interna. Su error, a los ojos del Pentágono, es haber mantenido un Estado funcional, unas instituciones sólidas y una identidad nacional forjada en miles de años de historia.

Por eso los ataques actuales no se limitan a objetivos militares. Las refinerías de petróleo, las plantas eléctricas, las instalaciones de agua potable están siendo sistemáticamente destruidas. No es daño colateral. Es política deliberada.

Cuando bombardeas una planta de desalinización, no estás matando soldados. Estás condenando a civiles a morir de sed. Cuando destruyes una refinería, no estás debilitando al ejército. Estás impidiendo que una ambulancia llegue al hospital, que un panadero hornee pan, que un niño vaya a la escuela en autobús.

Es la estrategia de la tierra quemada. La misma que usaron en Irak, en Libia, en Siria. El objetivo es hacer la vida imposible. Vaciar las ciudades. Convertir a la población en refugiados en su propia tierra. Destruir no solo el presente, sino cualquier posibilidad de futuro.

Thierry Meyssan lo explica con claridad:

«El enemigo ya no se define en términos de ideología ni de religión, sino únicamente por su no integración a la economía globalizada del capitalismo financiero. Nada podría proteger a quienes tuviesen la desgracia de ser independientes.»


El Papel de los Proxis y la Guerra Sucia

Pero el Pentágono ya no usa sus propios soldados para este trabajo sucio. Desde la guerra de Irak, han perfeccionado el arte de la guerra por intermediarios. El periodista William Arkin reveló en Newsweek que Estados Unidos tiene una fuerza especial clandestina de 60.000 efectivos que operan sin uniforme, sin identificación, sin rendir cuentas a nadie.

Son estos efectivos los que entrenan a los grupos yihadistas. Los que arman a las milicias sectarias. Los que organizan las «protestas espontáneas» que terminan en incendios y balaceras. Su misión es crear el caos desde dentro, mientras la aviación bombardea desde fuera.

Y cuando el caos no basta, usan a aliados regionales. Israel en Gaza y Líbano. Arabia Saudita en Yemen. Turquía en Siria. Catar financiando al ISIS. Todos ellos cómplices, todos ellos con las manos manchadas de sangre.

Las monarquías del Golfo, esos regímenes feudales que decapitan disidentes, lapidan mujeres y financian mezquitas wahabíes que predican el odio, son aliados de Washington. Tienen bases estadounidenses en su territorio. Compran armas por miles de millones. Sus príncipes viven en palacios de oro mientras sus súbditos, especialmente las minorías chiíes en Baréin o en la provincia oriental de Arabia Saudí, viven bajo la opresión. Son parte del engranaje, no víctimas inocentes.

El Patrimonio Cultural, Otra Víctima

Hay una dimensión de esta guerra que pocos mencionan, pero que es central en la doctrina de tierra quemada: la destrucción del patrimonio cultural.

En Irak, saquearon el Museo Nacional de Bagdad. En Libia, destrozaron las ruinas de Leptis Magna. En Siria, el ISIS – con cobertura aérea de la coalición – dinamitó el templo de Bel en Palmira. No fue un acto de barbarie religiosa. Fue un acto calculado para borrar la memoria de los pueblos, para arrancarles su historia, para que no quede nada a lo que aferrarse cuando todo lo demás ha sido destruido.

Irán es el siguiente. Su patrimonio, que se remonta a 7.000 años de historia, está en peligro. Persépolis, la capital del imperio aqueménida. Isfahán, la joya de la arquitectura islámica. Shiraz, la ciudad de los poetas. Todo puede ser reducido a escombros en la cruzada de Marco Rubio, de recolonizar el mundo.

El Veredicto

La doctrina Rumsfeld-Cebrowski no es una teoría conspirativa. Es un manual desclasificado, estudiado en academias militares, aplicado sobre el terreno durante veinte años. Sus resultados están a la vista: Irak es un Estado fallido, Libia un mercado de esclavos, Siria un campo de ruinas, Gaza un cementerio a cielo abierto.

Irán es el siguiente en la lista. No porque sea una amenaza nuclear, que no lo es. No porque sea un régimen terrorista, que no es más que cualquier otro en la región. Sino porque es independiente. Porque tiene recursos que no están bajo control occidental. Porque se atreve a decir que no.

Y por eso lo están destruyendo. No para ganar una guerra. Para que no quede nada que pueda resistir en el futuro. Para que, cuando las bombas dejen de caer, solo quede un desierto de escombros, una población traumatizada y un país que nunca más pueda levantarse.

Esa es la verdadera cara del imperio. No la de los discursos sobre libertad y democracia. La de la tierra quemada, la destrucción sistemática y el saqueo organizado. Y los cómplices están ahí, en Riad, en Doha, en Abu Dabi, aplaudiendo desde sus palacios mientras sus pueblos también sufren las consecuencias.

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